Monstruos cotidianos

La escritora Carson McCullers, sentada en un bar, vio a una mujer alta y fuerte, como una giganta, acompañada de un jorobadito que le pisaba los talones. Bastó solo esa escena para que más tarde escribiera su novela breve más aplaudida, La balada del café triste, mismo título bajo el que hoy se reúnen (además de ese escrito) sus más interesantes cuentos, los cuales la posicionaron como una de las plumas más interesantes de la narrativa estadounidense del siglo XX. Carson, fallecida en 1967 de un ataque cardíaco, impregna en sus personajes cierta monstruosidad física y sicológica, y los sitúa, como arrojados por un aterrador azar, en bares, departamentos y deshabitadas aldeas, siempre rodeados de una sociedad cautelosa y conservadora. Aquello lo notamos en los propios protagonistas de esta nueva edición publicada por Seix Barral (161 págs.): vemos a un jorobado inútil que enamoró a la mujer más temida del pueblo, a un desafortunado jockey (corredor de caballos) adicto al alcohol y la fiesta, a una pianista deslumbrante que se inventa una vida social para justificar sus largas noches de práctica, y a un obediente oficinista cuya esposa deambula ebria por la casa frente a sus pequeños hijos.

Así, en estos y en los demás relatos del libro, prologado por la escritora chilena Paulina Flores (Qué vergüenza), los personajes podrían resultar deficientes, anormales, pero McCullers los posiciona firmes y dispuestos a sobrellevar su soledad en el mundo. Juntos contra una adversidad que parece normal y que los rige allá afuera. Es lo que nos une con ellos, y es uno de los grandes méritos de McCullers.

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